La escultura durante la Edad Media

El desarrollo de la escultura durante los numerosos siglos del Medioevo distingue dos vertientes geográficas diferentes. Por un lado, la tradición del antiguo Imperio Romano de Oriente, convertido en el Imperio Bizantino, que continuaría hasta la caída de Constantinopla en el año 1453 y que se caracterizaba por la elaboración de figuras estáticas en marfil, fundamentalmente dípticos y trípticos. Por otra parte, la evolución del arte occidental a partir del legado romano y el aporte cultural de los pueblos bárbaros, que muestra una transformación notoria con el transcurrir del período.

El estilo insular y el de los pueblos germánicos se centraba en la creación de elementos decorativos, fundamentalmente en metal, con una predominancia de las figuras animales por sobre la humana. La llegada de los Carolingios al poder devuelve al hombre el lugar central en la representación, a través de escenas realistas talladas en marfil, dotadas de volumen y cierto dinamismo.

El período Románico trae consigo un cambio en el objetivo de la escultura: se convierte en el complemento de las monumentales catedrales que comienzan a construirse alrededor de Europa. El fin meramente decorativo da lugar a la escultura arquitectónica, que aporta la representación de escenas y figuras bíblicas en las fachadas e interiores de las iglesias, y la torna un complemento del mensaje moralizante del cristianismo.

El Gótico mantendría esta reconversión utilitaria de la escultura, pero dotando a la composición y la figura humana de un realismo que excede todo lo realizado hasta el momento, y que sentaría las bases para el exhaustivo estudio del cuerpo humano que realizarían los maestros del Renacimiento. La Iglesia se mostraba contraria a la creación de esculturas con representaciones humanas como fin en sí mismo, puesto que consideraba que era una continuación de las prácticas de veneración pagana de la antigua Grecia y Roma.

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